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LA DISLEXIA
Por
Dr. Alfred Tomatis
La
dislexia - o dificultad para leer y escribir- es una dificultad que afecta a
un número considerable de los niños en edad escolar, en todos los países
occidentales. Muchas personas ignoran el nombre dado a esas perturbaciones,
nombre que además tampoco figura en todos los
diccionarios.
¿Qué es la
dislexia?
"Ceguera verbal transitoria en el curso de la lectura."
(Diccionario Quillet, Pág. 1651.)
"Trastornos neurológico consistente en una dificultad para
leer." (Larousse, 63.)
En términos más claros, consiste en un bloqueo que provoca
desórdenes en la lectura, la escritura y el habla.
La dislexia es una forma particular de disartria, palabra
genérica que engloba los trastornos del habla consistentes en molestias para
la articulación de la palabra.
Puede comprender:
Trastornos
orgánicos, como:
·
La
dislalia o articulación difícil de la palabra; debida a malformación o
lesión de los órganos exteriores del habla (lengua, laringe, labios, etc.).
·
La
disfasia o dificultad para hablar, debida a lesión de los centros
cerebrales.
Trastornos
funcionales:
·
La
disfonía o dificultad para emitir los sonidos.
·
La
discalculia y la disortografía, que son frecuentemente secuelas de la
dislexia propiamente dicha.
Todos estos términos tienen en común el prefijo griego "dis",
que significa dificultad encontrada para el funcionamiento de un órgano,
cualquiera sea la razón.
Principio básico
La
inteligibilidad transmitida y repetida nos evidencia los medios de que
dispone el interlocutor. Mas, ¡cuántas miserias arrastra ese lenguaje,
cuántas distorsiones sufre, cuántas faltas de ortografía soporta, cuantas
lecturas perpetuamente mutiladas, pese a los ejercicios repetidos hasta la
saciedad por el alumno y el maestro!
El disléxico
puede llegar hasta una imposibilidad total para leer. El bloqueo va a la par
con el disfuncionamiento de los oídos. Las palabras se amontonan destruidas,
las sílabas se invierten. Y por descontado que la coincidencia con el texto
no se produce.
El principio
básico de toda reeducación reposa, entonces, en el restablecimiento del
equilibrio auditivo y de una franca lateralidad; lo que nada tiene que ver
con un grado más o menos pronunciado de sordera.
La dislexia no
es una pérdida de función o regresión, sino una anomalía de estructura y
maduración.
Las
estadísticas, variables según los países, atestiguan que de un 10 a un 15
por 100 de la población escolar padece trastornos en la lectura, lo que
representa una media de tres a cuatro niños por clase.
El niño que
lee, debe leer bien, tal cual dice Alain en su declaración sobre la
educación : "La lectura balbuciente no sirve para nada; mientras la mente se
ocupe en reconocer las palabras dejará escapar las ideas."
Síntomas
Estaremos
frente a un disléxico cuando podamos advertir:
·
Dificultad para el aprendizaje de la lectura y escritura.
·
Divergencia entre los resultados escolares en la lectura y la
ortografía, así como entre otras disciplinas (cálculo especialmente).
·
Divergencia entre el nivel de lectura y ortografía y el nivel
mental del alumno.
·
Un nivel de lectura y ortografía inferior al medio de la
clase.
Manifestación de la dislexia.
Un niño puede
ser disléxico antes de ingresar en la escuela.
El aprendizaje
de la lectura, primero entre los cien mecanismos fundamentales de la
enseñanza, constituirá en cierto modo la prueba reveladora. En el momento en
que ha de adquirir el conjunto de ciertos mecanismos, el disléxico, hasta
entonces virtual, se demuestra "impotente, incapaz, inepto”: Tales son al
menos los calificativos que emplean con él los encargados de enseñarle esos
mecanismos en cuestión.
Síntomas preescolares
Las raíces de
lo que será luego dislexia existen antes de la prueba escolar, pero no son
advertidas. Entre los dieciocho meses de edad y los tres años, sus
efectos son ya perceptibles: retraso del lenguaje, desórdenes en el
comportamiento, inestabilidad, torpeza. Todas las perturbaciones que tienen
por origen las malas relaciones interfamiliares, notándose a veces
trastornos del lenguaje ya fuertemente establecidos, así como en la
lateralización, el comportamiento y la psicomotricidad. Grosso modo, los
tres años que separan los principios de los trastornos relacionales, de la
edad escolar, pueden haber arraigado ya un estado psico-sensorio-motor
particularmente alarmante.
Desde que llega
a la escuela primaria, el niño entra en un medio de relación nuevo y muy
diferente del maternal. Tropieza con unas reglas de conducta impersonales,
ya se trate de disciplina o de materias de estudio; cálculo, ortografía . .
. , y con un grupo de niños iguales ante una valoración cifrada; plazas,
notas . . . , frente a un Maestro que detenta el Saber y el Poder.
El niño llega a
la escuela para aprender. Su actitud es generalmente abierta, de buena
voluntad. Comienza para él una aventura nueva, y si bien es cierto que esto
le produce la natural inquietud, también siente la llamada de la novedad
excitando su curiosidad. Es en este con texto donde van a tomar cuerpo los
primeros éxitos o los primeros fracasos.
La dislexia en
potencia afronta la prueba que revela sus limitaciones en el aprendizaje de
la lectura, base de la enseñanza tradicional.
A partir de
esta dificultad hay que encararse con muy variadas consecuencias y
relaciones.
El disléxico
descubre su fracaso en la humillación, el castigo, la afrenta, la
inferiorización y la culpabilización.
La repulsa de
la lectura, que nace de esa acumulación destructiva, y la reacción con la
consiguiente imposibilidad de aprender a leer, se generalizan a todo el
trabajo escolar. A partir de este punto, el condicionamiento negativo se
refuerza y se agrava.
Una vez
establecidas las perturbaciones, el disléxico sólo tiene una alternativa
para tratar de compensar su inferioridad: o bien se aferra a las materias
que no precisan de la lectura
(gimnasia, canto, trabajos manuales, etc.), o intenta
destacar de sus camaradas mediante una actitud original (cabecilla de banda,
promotor de jaleos, etc.).
Hay que
distinguir dos clases de disléxicos:
El falso.--
La dislexia falsa es la consecuencia de un aprendizaje
irracional de la lectura: por ejemplo, por un método global practicado a la
ligera, sin soporte analítico, por cambios de método durante el aprendizaje,
por una práctica insuficiente, por falta de motivación. . . Todo esto puede
ser superado con una enseñanza adecuada en un ambiente pedagógico sano y
activo.
El verdadero.--
Aquí hay una anomalía en la organización dinámica de
los circuitos cerebrales responsables de la coordinación audio-visual-verbal
que aseguran el acto complejo de la percepción y de la inteligencia en el
lenguaje.
Dicho en términos más claros, ¿cómo aparece un disléxico?
El dato más
característica es la inversión de letras. El niño escribirá, por ejemplo
LI por IL, NI por IN, etc.
Hay cientos de
inversiones posibles.
Inversión
parecida en las sílabas de tres letras. Es decir, que escribirá: PRA por
PAR, BRA por BAR, etc.
Cabe también el
que coloque el final de una palabra antes del comienzo.
El disléxico
confunde ciertas letras homófonas para él en la lectura. Así, D y T, R y G
suaves, B y P, etc.
También recurre
a reemplazar palabras. Cuando lee, su vista tropieza con una palabra
complicada, comprende vagamente su significado y la sustituye por otra que,
a su juicio, es de sentido análogo. Si, por ejemplo, en el texto aparece
TIGRE, asociando la idea de fiera el niño emplea LEON y salva la dificultad
de la pérdida o traspaso de letras (TRIGE o TIGUE).
La pérdida de
letras en las sílabas con tres resulta frecuente: CAMPAR por COMPRAR, SABE
por SABLE.
Es
preciso señalar que este aparentemente sencillo defecto de lenguaje es en un
90 por 100 de 100 casos
es
consecuencia de la dislexia.
Defecto aún más
corriente: duda y corta las palabras por cualquier sitio, o las agrupa mal.
Es fácil ver que en el dictado el niño escribió UNEN SA YO por UN ENSAYO. No
advierte el sentido de la palabra o palabras, ni tampoco respeta su
ortografía.
El disléxico
comprende mal o no
comprende en absoluto lo que lee.
Las
causas
En ningún caso
pueden imputarse a bajo nivel mental. Estudios serios han demostrado que un
niño con coeficiente intelectual 60 es perfectamente capaz de aprender a
leer.
Debe pensarse,
en ciertos casos, en posibles trastornos de la vista. Pero son poco
numerosos y fácilmente
detectables, aparte de que en las escuelas se
practica el examen de la vista ante cualquier dificultad que se observe en
clase.
Hay un 5
%
de trastornos hereditarios.
Y hay un 80
% de niños disléxicos a
causa de trastornos auditivos asociados a desórdenes en la representación
espacial y la lateralidad.
Estos
niños sitúan mal los objetos
en
relación a su cuerpo. En la
lectura fijan la vista en la palabra, tanto más cuanto que intentan
encontrar significados equivalentes en su vocabulario particular. El
lenguaje oral se desarrolla a partir de una percepción auditiva global. El
mismo modo de percepción interviene en la aprehensión visual durante el acto
de lectura, ya que la noción de espacio no puede disociarse de la de tiempo.
El disléxico encuentra dificultades de análisis y síntesis con lo que
percibe auditivamente: es decir, en el tiempo. Y encuentra también
dificultades para realizar con sentido preciso el análisis y síntesis de lo
que percibe con la vista: es decir en el espacio. Los dos aspectos de la
percepción, temporal y espacial, tienen que ir asociados. La percepción
sirve, entre otras cosas, para reflejar en el cerebro el mundo exterior y el
cuerpo propio del sujeto. Es decir: la materia en movimiento. Ahora bien, el
movimiento se efectúa a la vez en el espacio y en el tiempo. Si
restablecemos la percepción auditiva perturbada, forzosamente se producirá
una mejora de la noción de tiempo, y como consecuencia, de la poción de
espacio.
Es
indispensable saber que la onda sonora propagada a través de las moléculas
del aire por las consonantes difiere completamente de la generada por las
vocales: el sonido de las vocales y el de las consonantes no tiene la misma
representación en el espacio. En efecto las vocales trazan una onda asociada
a los sonidos, en tanto que la onda de las consonantes se asocia a los
ruidos. Pronunciar una consonante sola es extremadamente difícil sin acudir
al concurso de la vocal. Si decimos "he" no es la consonante la que suena,
sino ella y la vocal "e" que va asociada; cuando pronunciamos "en", la vocal
precede a la consonante, pero también la acompaña, etc. De intentar
pronunciar una consonante sola no percibiríamos nada.
El oído de los
niños afectados de dislexia o disfonía no percibe, o percibe mal, la
diferencia auditiva existente entre una letra que sólo produce un ruido y la
misma letra acompañada de un sonido. Y ello en razón de que no oye, ni
siente la línea
metódica. Los ritmos tienen una extraordinaria importancia, y
particularmente los ritmos de las palabras de la frase. Cuando hablamos,
acentuamos. No iremos hasta decir que cantamos, pero casi; toda frase lleva
al menos una cierta parte de melodía, ya buen seguro una gran parte de
acentuación en algunas palabras, en ciertas sílabas y en no pocos grupos de
palabras (grupos rítmicos y grupos fonéticos).
A partir de un
momento dado, las perturbaciones del oído sumergen al disléxico en una bruma
auditiva. Para él la sucesión de palabras no es más que una especie de ruido
constante sin significado alguno.
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